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La verdadera Iglesia de Dios...

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jueves, 27 de abril de 2017

Bendición de algunos instrumentos técnicos




Texto comentado

Bendicional:
en negro; (oración de bendición: negrita cursiva).

 
(Se conservan los números de secciones y parágrafos tal y como se hallan en el Bendicional: negrita. También en negrita me permito realzar algunas cuestiones litúrgicas del texto del Bendicional, incisos que, a mi criterio, merecen especial consideración).
Comentarios del blog: azul.

El capítulo XX del Bendicional, en la parte referida a las "bendiciones de construcciones y actividades", presenta la siguiente bendición:

BENDICIÓN DE ALGUNOS INSTRUMENTOS TÉCNICOS

748. El hombre, con su trabajo y su ingenio, con la ayuda de la ciencia y de la técnica, va dilatando más y más su dominio sobre la naturaleza. Merced a ello y aportando su propia actividad, se granjea gran número de bienes, contribuyendo así a mejorar las condiciones de vida propia y de sus semejantes. Cuando se inauguran, presentándolos por vez primera, determinados instrumentos técnicos, puede resultar oportuna una celebración que ponga más de relieve cómo el mensaje cristiano impone a los hombres el deber ineludible y social de mejorar el mundo. (7).

749. El rito de bendición que aquí se propone concierne tanto a la comunidad en cuyo provecho se ponen en funcionamiento esos instrumentos técnicos (como por ejemplo, una central eléctrica, un acueducto, un sismógrafo, etc.), como principalmente a todos los que de algún modo dirigirán o manejarán estos instrumentos. Por eso se requiere en la celebración la presencia por lo menos de algunos representantes suyos. Adviértase que, aun cuando se trate de objetos, la bendición como sacramental tiene siempre como principal destinatarios a los seres humanos, a cuya santificación se ordenan.

750. Este esquema pueden utilizarlo el sacerdote, el diácono y también el laico, con los ritos y fórmulas para él previstos.

751. Con objeto de adaptar la celebración a las circunstancias concretas del lugar y de las personas, pueden adoptarse algunos de los elementos de este formulario, respetando siempre la estructura de la celebración y sus principales elementos.

RITO DE LA BENDICIÓN

RITOS INICIALES

752.
Reunida la comunidad, puede entonarse un canto adecuado, terminado el cual, el ministro dice:

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Todos se santiguan y responden:

Amén.

753.
Luego el ministro, si es sacerdote o diácono, saluda a los presentes diciendo:

Dios, que dio al hombre el mando sobre las obras de sus manos, esté con todos vosotros.

U otras palabras adecuadas, tomadas preferentemente de la Sagrada Escritura.

Todos responden:

Y con tu espíritu.

O de otro modo adecuado.

754. Si el ministro es laico, saluda a los presentes, diciendo:

Proclamemos la grandeza de Dios, que dio al hombre el mando sobre las obras de sus manos.
Todos responden:

R. Amén.

755.
El ministro dispone a los presentes a recibir la bendición, con estas palabras u otras semejantes:

El hombre, con el trabajo de sus manos y con la ayuda de la técnica, coopera con el Creador para que la Tierra se convierta en un lugar más digno de la familia humana. Él se preocupa de perfeccionar la obra de la creación, vela por fomentar la fraternidad entre los hombres y cumple el mandamiento de Cristo de entregarse generosamente al servicio de los hermanos. Nosotros, pues, que nos servimos de estos inventos para nuestro bienestar, bendigamos y alabemos sin cesar a Dios, que es la luz verdadera y el surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.

LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS

Nótese que, a diferencia de la Misa, en que son obligatorias al menos dos lecturas bíblicas de las cuales siempre la segunda es evangélica, en este rito puede optarse entre una lectura bíblica no evangélica y una del Evangelio.

756. Luego el lector, uno de los presentes o el mismo ministro, lee un texto de la Sagrada Escritura.

Gn 1, l-5a. 14-18: Dijo Dios: «Que exista la luz.» Y la luz existió

Escuchad ahora, hermanos, las palabras del libro del Génesis:

Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era un caos informe; sobre la faz del abismo, la tiniebla. Y el aliento de Dios se cernía sobre la faz de las aguas.
Y dijo Dios:
—«Que exista la luz.»
Y la luz existió. Y vio Dios que la luz era buena. Y separó Dios la luz de la tiniebla; llamó Dios a la luz «Día»; a la tiniebla «Noche».
Y dijo Dios:
—«Que existan lumbreras en la bóveda del cielo, para separar al día de la noche, para señalar las fiestas, los días y los años; y sirvan las lumbreras en la bóveda del cielo, para dar luz sobre la tierra.»
Y así fue. E hizo Dios dos lumbreras grandes: la lumbrera mayor para regir el día, la lumbrera menor para regir la noche, y las estrellas. Y las puso Dios en la bóveda del cielo, para dar luz sobre la tierra; para regir el día y la noche, para separar la luz de la tiniebla. Y vio Dios que era bueno.

Palabra de Dios.

757.
O bien:

Jn 4, 5-14: El que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed

Escuchad ahora, hermanos, las palabras del santo Evangelio según san Juan:

Llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice:
—«Dame de beber.»
Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.
La samaritana le dice:
—«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?»
Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.
Jesús le contestó:
—«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú y él te daría agua viva.»
La mujer le dice:
—«Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?»
Jesús le contestó:
—«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en una fuente de agua que salta hasta la vida eterna.»

Palabra del Señor.

758.
Pueden también leerse: Nm 20, 2-11; Is 55, 1-11; Si 17, 1-6.

759. Según las circunstancias, se puede decir o cantar un salmo responsorial u otro canto adecuado.

Salmo responsorial

Sal 28 (29), 1-2. 3-4. 7-9. 10-11 (R.: 2)

R. Aclamad la gloria del nombre del Señor.

Hijos de Dios, aclamad al Señor,
aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor,
postraos ante el Señor en el atrio sagrado. R.

La voz del Señor sobre las aguas,
el Dios de la gloria ha tronado,
el Señor sobre las aguas torrenciales.
La voz del Señor es potente,
la voz del Señor es magnífica. R.

La voz del Señor lanza llamas de fuego,
la voz del Señor sacude el desierto,
el Señor sacude el desierto de Cades.
La voz del Señor retuerce los robles,
el Señor descorteza las selvas.
En su templo un grito unánime: «¡Gloria!» R.

El Señor se sienta por encima del aguacero,
el Señor se sienta como rey eterno.
El Señor da fuerza a su pueblo,
el Señor bendice a su pueblo con la paz. R.

760. O bien:

Sal 17 (18), 12-13. 14-15. 16. 17 y 20

R. (3b) Dios mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte.

Sal 148, 1-2. 3-4. 5-6

R. (13c) La majestad del Señor sobre el cielo y la tierra.

761. El ministro, según las circunstancias, exhorta brevemente a los presentes, explicándoles la lectura bíblica, para que perciban por la fe el significado de la celebración.

PRECES

762.
Si se estima oportuno, antes de la oración de bendición puede hacerse la plegaria común. Entre las invocaciones que aquí se proponen, el ministro puede seleccionar las que le parezcan más adecuadas o añadir otras más directamente relacionadas con las circunstancias del momento. 
En las obras e inventos del ingenio humano, hemos de reconocer la permanente actuación de Dios creador. Es justo y conveniente que, agradecidos, ofrezcamos a Dios nuestras alabanzas y que lo invoquemos confiadamente, diciendo:

R. Haz prósperas, Señor, las obras de nuestras manos.

Dios eterno, que creaste todas las cosas y las sometiste al dominio del hombre,
—concédenos utilizar sabiamente las fuerzas de la naturaleza para gloria tuya y utilidad de los hombres. R.

Tú que continuamente nos das tu Espíritu,
—haz que cooperemos con él, no sólo con la técnica, sino también con la justicia y la caridad, en su obra de renovar la faz de la tierra. R.

Tú que penetras el corazón de todos,
—haz que el progreso técnico de la humanidad no escape nunca al control de una dirección prudente. R.

Tú que quieres que todos, sin excepción, te llamemos Padre,
—haz que las víctimas de toda discriminación disfruten, con la ayuda de todos, de los derechos y bienes comunes. R.

Sigue la oración de bendición, como se indica más adelante.

763.
Cuando no se dicen las preces, antes de la oración de bendición el ministro dice:

Oremos.

Y, según las circunstancias, todos oran durante algún tiempo en silencio. Es muy importante este silencio en la liturgia; más aún, forma parte de ella.

Luego dice la oración de bendición.

ORACIÓN DE BENDICIÓN

764. El ministro, si es sacerdote o diácono, con las manos extendidas, si es laico, con las manos juntas, dice la oración de bendición:

a) Bendición de un instrumento técnico cualquiera

Bendito eres, Señor, Dios nuestro, y digno de toda alabanza, tú que, mediante el ingenio y el trabajo del hombre, cuidas del progreso de toda la creación, y en los inventos de la raza humana manifiestas de modo admirable tu grandeza y tu bondad; te pedimos que quienes desean servirse de estos instrumentos para mejorar su calidad de vida te reconozcan admirable en tus obras y se esfuercen por consagrarse plenamente a tu servicio. Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.


b) Bendición de una central energética

Señor, Dios todopoderoso, fuente y origen de todo hombre, creador de la luz, mira a estos fieles tuyos, que desean utilizar esta central como fuente de energía eléctrica (atómica), y haz que, buscando siempre tu rostro, después de las tinieblas de este mundo, puedan llegar hasta ti, Luz inagotable, en quien vivimos, nos movemos y existimos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.


c) Bendición de un acueducto

Bendito eres, Señor, Dios nuestro, y digno de toda alabanza, tú que, mediante el ingenio y el trabajo del hombre, cuidas del progreso de toda la creación, y en los inventos de la raza humana manifiestas de modo admirable tu grandeza y tu bondad; te pedimos que todos los que utilicen el agua que les llegará a través de este conducto, te reconozcan a ti como fuente de agua viva y de ti saquen aquella agua que salta hasta la vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.

R. Amén.


765. Después de la oración de bendición, se pone en funcionamiento por primera vez el instrumento técnico. Así, la bendición precede a la inauguración, con lo que se expresa que el uso de los instrumentos ha de tener como fin esencial la gloria de Dios y el bien de los hombres. Puede interpretarse, según las circunstancias, un canto adecuado.

CONCLUSIÓN DEL RITO

766. El ministro, si es sacerdote o diácono, concluye el rito, diciendo:

Dios, de quien procede todo bien, ilumine su rostro sobre vosotros y os guíe por el camino de la paz.

R. Amén.
Luego dice:

Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo : y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.

R. Amén.

767. Si es laico, el ministro, invocando la bendición de Dios y santiguándose, dice:

Dios, de quien procede todo bien, ilumine su rostro sobre nosotros y nos guíe por el camino de la paz.

R. Amén.

768. Es aconsejable terminar el rito con un canto adecuado.


7 Cf. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, núms. 33-34.

27 de abril de 2017, en Latinoamérica, fiesta de Santo Toribio de Mogrovejo, patrono del Episcopado latinoamericano. Entrada dedicada a él.


 

miércoles, 26 de abril de 2017

Bendición del Escapulario de la Virgen del Buen Consejo




La parte V del Ritual de la Orden de San Agustín posee una introducción general para las bendiciones, a la que remitimos aquí. La cuarta de las bendiciones que propone es la del Escapulario de la Virgen del Buen Consejo, a la que profesa una profunda devoción. He aquí el  texto de dicha bendición, en el que he querido conservar los números y letras de referencia tal y como se hallan en dicho Ritual:

d) Bendición del escapulario de la B. Virgen María, Madre del Buen Consejo

611. El escapulario, que es considerado como un signo de ingreso en la Pía Unión de Nuestra Madre del Buen Consejo, aprobada por la Iglesia, expresa una voluntad definida de participar del espíritu de esta cofradía mariana.

Señor Jesucristo, que en tu Encarnación te hiciste Consejero admirable de los hombres, dígnate bendecir este escapulario (medalla o insignia) de la Bienaventurada Virgen María, Madre del Buen Consejo, para que quienes lo lleven, sigan fielmente, ayudados por tu gracia, tus consejos. Que vives y reinas por los siglos de los siglos.

R/. Amén.

O bien:

Oh, Dios, inicio y complemento de nuestra santidad, que llamas a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad a los que han renacido del agua y del Espíritu Santo, mira con bondad a estos servidores tuyos, que reciben con devoción este escapulario para alabanza de la Santísima Trinidad en honor de Santa María Virgen y haz que sean imagen de Cristo, tu Hijo, y así, terminado felizmente su paso por esta vida, con la ayuda de la Virgen Madre de Dios, sean admitidos al gozo de tu mansión. Por Jesucristo, nuestro Señor.

R/. Amén.

Rito de conclusión

618. El celebrante concluye el rito, diciendo con las manos extendidas sobre los presentes:

Dios, que en Cristo nos ha revelado su gloria, haga que vuestra vida sea imagen suya, para que podáis un día gozar de su presencia gloriosa.

R/. Amén.

Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros y os acompañe siempre.

R/. Amén.


26 de abril de 2017, en la Orden de San Agustín, fiesta de Nuestra Señora del Buen Consejo. Entrada dedicada a ella.

Nuestra Señora del Buen Consejo: himnos litúrgicos





La Orden de San Agustín celebra cada 26 de abril a la Virgen María como "Madre del Buen Consejo", con la categoría de "fiesta", y canta en su honor los siguientes himnos litúrgicos:


Oficio de Lectura

HIMNO

Goza feliz, ¡oh, Genazzano ilustre!,
porque eres trono y cumbre y relicario
donde la dulce Madre del Consejo
tiene su asiento.

Desde remotos tiempos, su presencia
era dulce consuelo a los enfermos
de cuerpo y alma, y su mirada era
esperanza y consejo.

¡Oh, santa Madre del Consejo, y Madre
de los que sufren y consejo esperan
de tu mirada!, ¡míranos, Señora,
con maternales ojos!


Y haz que en la hora de la muerte hallemos
propicio al Hijo y compasivo al Padre
con el Espíritu; y que a ti se vuelva
la mirada postrera. Amén.



Laudes

HIMNO

Madre del amor y guía
del alma que espera en ti,
Madre mía, Madre mía,
vuelve tus ojos a mí.

Como estrella de los mares,
como estrella de las almas,
tú consuelas los pesares
y tú las tormentas calmas. 


Tú, que sabes la amargura
del que llora sin consuelo,
alúmbrame, Virgen pura,
la senda que lleva al Cielo.

Luz del pobre peregrino,
estrella de salvación,
brilla siempre en mi camino
y brilla en mi corazón.

Madre fiel del Buen Consejo,
siempre guíame en bonanza;
en mi vida sé reflejo
de la perenne alabanza. Amén.


O bien:

La Palabra de Dios, Consejo eterno,
Camino de Verdad, Fuente de Vida,
quiso salvar, tras el pecado, al hombre
y sanar con amor la vieja herida.

Y en el seno virgíneo de María,
sagrario inmaculado de pureza,
tomó el Eterno vestidura humilde,
nuestra humana y mortal naturaleza.

Ciencia de amor que fabricó su casa, 

ciencia de amor que preparó su trono,
y que viene a cambiar en dulce afecto,
entre Dios y los hombres, el encono.

Y el Verbo, como el sol que, sin mancharlo,
refleja su esplendor en un espejo,
desciende a su pureza sin destruirla
y Madre nos la da del Buen Consejo.

Cantemos jubilosos; nuestras voces
proclamen hoy al mundo su alegría,
y alabemos al Dios de las bondades
celebrando las glorias de María.

A ti, Jesús, nacido de la Virgen,
nuestra Paz, nuestro Bien, nuestra esperanza,
al Padre y al Espíritu Paráclito
séales por los siglos la alabanza. Amén


 
Vísperas

HIMNO

¡Oh, Consejo inefable, que halló modo fecundo
de redimir al hombre de vieja esclavitud,
y al elegirte (como) Madre para venir al mundo,
te enseñó a ser modelo y escuela de virtud!


Y mientras las caricias le ofreces de tu mano,
qué arcanos celestiales tu amor aprenderá,
y aquel humilde y pobre taller del artesano
qué cátedra sublime de santidad será.

Desde que diste al Verbo naturaleza de hombre,
Madre del Buen Consejo te llama el pueblo fiel;
y al repetirlo encuentran en este dulce nombre
el corazón, consejo, y nuestros labios, miel.

Enséñanos, Señora, cómo seguir sus huellas
y hacer de las alturas camino de la Cruz;
con tus dulces miradas y tus virtudes bellas,
Madre del Buen Consejo, llévanos a Jesús.

A Ti, Verbo hecho carne, nacido de María,
que redimiste al hombre con infinito amor,
al Padre que te engendra y al que procede de ambos
por siempre y por los siglos sean gloria y honor. Amén




26 de abril de 2017, para los agustinos, fiesta de Nuestra Señora del Buen Consejo. Entrada dedicada a ella.


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martes, 25 de abril de 2017

Guion: Domingo III de Pascua


 


Ciclo A

Introducción

A veces, las dificultades de la vida diaria, hacen que tambalee nuestra fe. Así, desalentados, caminamos por el mundo sin esperanzas.

¡Cuántas veces nos habremos preguntado dónde está Dios y qué es de sus promesas de compañía y protección!

La liturgia de este Domingo III de Pascua quiere reavivar en nuestro corazón la llama de la esperanza.

Lo que está entre paréntesis, por razones de brevedad, puede omitirse:

(Aunque a veces no seamos capaces de reconocerlo, Jesús siempre camina junto a nosotros. Y hoy, como los discípulos de Emaús, cuyo relato evangélico nos propondrá la liturgia, hemos venido aquí para experimentar los mismos sentimientos que ellos, reconociéndolo en las Escrituras y en la Fracción del Pan.

De hecho, la página del Evangelio que escucharemos, "contiene ya la estructura de la Santa Misa: en la primera parte, la escucha de la Palabra a través de las Sagradas Escrituras; en la segunda, la Liturgia eucarística y la comunión con Cristo presente en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.

La Iglesia, alimentándose en esta doble mesa, se edifica incesantemente y se renueva día tras día en la fe, en la esperanza y en la caridad"). (S.S. Benedicto XVI, Regina caeli del 06/04/08).


Liturgia de la Palabra

Primera lectura: Hech. 2, 14. 22-33

El apóstol Pedro, primer Pontífice de la Iglesia, se refiere al Señor Jesucristo como Aquel en Quien se cumplen todas las Escrituras: el Mesías, Hijo de Dios Vivo.

Segunda lectura: I Ped. 1, 17-21

Cristo Resucitado es el Cordero que, ya sin sufrir, vive ofreciéndose al Padre por nosotros en el único Sacrificio de todos los tiempos.

Evangelio: Lc. 24, 13-35

"Los discípulos de Emaús (...) supieron reconocer la presencia viva del Señor en la Iglesia y, venciendo dificultades y miedos, llegaron a ser sus testigos entusiastas y valientes ante el mundo. (San Juan Pablo II, Ángelus, 14/04/02).

O bien:

"Los discípulos de Emaús, superado el abatimiento y la confusión, volvieron por su pie a la naciente
comunidad cristiana para anunciar la alegre noticia de haber visto al Señor (Ídem).
 
O bien:

"En nuestros caminos, Jesús Resucitado se hace Compañero de viaje para reavivar en nosotros el calor de la fe y de la esperanza, y partir el Pan de la Vida eterna. (S.S. Benedicto XVI, Regina caeli del 06/04/08).
  

Oración de los fieles

Las siguientes preces, con las necesarias adaptaciones, están tomadas de la Santa Misa de Envío de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, celebrada en Río de Janeiro por el Papa Francisco el 28 de julio de 2013:


R. Señor, escucha nuestras preces.

-Por la Santa Iglesia de Dios, extendida en toda la Tierra, para que obedeciendo siempre a la voz del Buen Pastor, llegue allí donde hay odio, injusticia y división entre hermanos. R.

-Por el Papa y por los demás pastores, para que animados por la esperanza pascual, no cesen de buscar a las ovejas perdidas del rebaño, y de llamar, con el ejemplo de vida, a las de otros rediles. R.

-Por las naciones de la Tierra, para que cada vez más unidas a Cristo, el Buen Pastor, contagien a hombres y pueblos a vivir la fraternidad y el amor mutuo. R.

-Por los jóvenes, víctimas de las más diversas formas de guerra y violencia, para que el Señor Resucitado rompa sus cadenas y les regale la paz, que es don pascual. R.

-Por los que sufren en la prisión o el exilio, para que el Redentor les dé coraje y protección en este momento difícil de sus vidas. R.

A continuación, se propone como otra oración conclusiva de las preces, una colecta alternativa a la de este domingo, tomada de la edición italiana del Misal Romano y traducida al castellano. Se reemplaza la conclusión trinitaria larga, propia de toda colecta, por la breve, típica de las demás oraciones litúrgicas:
   
"Oh, Dios, que en este día, memorial de la Pascua, reúnes a tu Iglesia peregrina en el mundo, danos tu Espíritu, para que en la celebración del misterio eucarístico, reconozcamos a Cristo Crucificado y Resucitado, que abre nuestro corazón a la inteligencia de las Escrituras y se revela a nosotros al partir el pan. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén".


Ofertorio

El compromiso de dejar antiguos y nuevos vicios, y de ser más agradecidos para con Dios. Son las ofrendas pascuales que hoy llevamos al Altar junto al pan y al vino.


Comunión

También hoy podemos entrar en diálogo con Jesús, escuchando su Palabra. También hoy, Él parte el Pan para nosotros y se entrega a Sí mismo como nuestro Pan. (S.S. Benedicto XVI, Regina caeli del 06/04/08).

 
Despedida

Por intercesión de María, Dulce Pastora de las almas, "oremos para que todo cristiano y toda comunidad, reviviendo la experiencia de los discípulos de Emaús, redescubra la gracia del encuentro transformador con el Señor Resucitado". (Ídem).

O bien:

Al finalizar la Misa, recordemos el siguiente versículo que hemos escuchado en el salmo de hoy y repitámoslo con convicción durante la semana que comienza:

"Tengo siempre presente al Señor. Él está a mi lado y no vacilaré".

O bien:

"Que el Redentor Resucitado nos enseñe el sendero, nos acompañe a lo largo del camino y nos guíe hasta la comunión plena con el Padre celestial. (Cf. San Juan Pablo II, Ángelus, 14/04/02).


25 de abril de 2017, fiesta de san Marcos, evangelista. Entrada dedicada a él.


lunes, 24 de abril de 2017

San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia: himnos litúrgicos


Imagen relacionada


Cada 24 de abril, la Orden de San Agustín celebra la "fiesta" de la Conversión del santo Obispo, acaecida en el año 385. Esta fecha es la de su solemne bautismo, que le fuera administrado en una Vigilia Pascual del año 387, a los treinta y tres años de edad, por san Ambrosio, arzobispo de Milán. 
La festividad anual de san Agustín es el 28 de agosto, tanto en el Calendario universal, que lo celebra como "memoria obligatoria", como en las Órdenes religiosas que siguen su Regla, que lo celebran como "solemnidad". Una de ellas es la de los Siervos de María, (que lo llama "Legislador"), y celebra al santo de Hipona en el mismo día. A continuación, los himnos litúrgicos que a él dedican ambas Órdenes en sendas festividades:


Orden de san Agustín

Para la fiesta de la "Conversión de nuestro padre, san Agustín":

Oficio de Lectura

HIMNO

Llena de gozo exulte aquella madre
al ver que el hijo que engendró a la vida,
por el fervor del llanto y la plegaria,
renació en Cristo.

Gócese el cielo con el sol más claro
que en él jamás brilló con luz más fúlgida;
y en honor de Agustín rompan las almas
en férvida alabanza.

Padre y maestro, que de Dios y el hombre
tanto alcanzaste, míranos piadoso
a los que por vida navegamos
con rumbo a Cristo.

Gloria perenne sea siempre dada
a la Divina Trinidad gloriosa,
que a Agustín, claro imitador de Cristo,
colmó de gloria. Amén.


 
Laudes

HIMNO


¡Hijo de tantas lágrimas, nacido
para dar testimonio del amor!,
muéstranos los caminos deseados
para el retorno fiel del corazón.

Por el llanto de Mónica volviste
de las noches del alma al claro sol;
y para Cristo te engendró de nuevo
la que a la vida un día te engendró.
 

Oh, feliz llanto de la madre santa
que a Agustín para Cristo rescató,
y fecundó aquel alma prodigiosa
que habló de Dios como ninguno habló.

Y al hombre, con la sed del infinito,
con palabra inmortal lo acercó a Dios;
y de la eterna Trinidad Santísima
al Misterio sin fondo se asomó. Amén



Vísperas

HIMNO

Tú que sabes la aflicción
del alma que a Dios olvida
y la angustia de la vida
cuando triunfa la pasión,
vuelve al amor inmortal
tantos amores vencidos,
que alzan tus mismos gemidos
y lloran con llanto igual.

Siempre de la dicha en pos,
siempre inquieta y triste el alma,
viste que el mundo no calma
la sed de un alma sin Dios.

La hiciste, ¡oh, Dios!, para el Cielo,
y tu amor la llama a sí,
viviendo en perpetuo anhelo
hasta descansar en Ti.

Todo en Dios y Dios en ti
viviendo Cristo en tu vida,
amar y amar sin medida
fueron tus ansias aquí.

Y hoy, cual divino blasón
que enciende las ansias nuestras,
ardiendo en amor nos muestras
en alto tu corazón.

Para amarte en la patria del dolor
como te ama en el Cielo el serafín,
danos amarte, Señor,
con el amor de Agustín. Amén. 


Conversión de san Agustín

 O bien:

Cansado el corazón de sus errores
que en el fondo destilan amarguras,
y con una insaciable sed de amores
que calmar no pudieron las criaturas,
busca Agustín en soledad severa
la paz que el alma necesita tanto,
y allí, bajo la sombra de una higuera,
todo el dolor se le convierte en llanto.

«Toma y lee», una voz desconocida
se repite en los ámbitos del huerto, 
y era una voz que devolvió la vida
al pobre corazón que estaba muerto.

Lee el texto del Apóstol, imprevisto:
«No en contiendas pongáis el pensamiento
ni en embriagueces: Revestíos de Cristo
y no deis a la muerte su contento».

Como ahuyenta la luz, cuando amanece,
la sombra de las noches, en el alma
siente Agustín que su ansiedad decrece
y Dios las viejas inquietudes calma.

Dios ha vencido, sí, dulce derrota,
cuando Dios es Quien vence no hay dolencia:
Antes era el dolor de un alma rota
y hoy todo ese dolor se hace cadencia:

«¡Oh, qué tarde te amé, vieja Hermosura,
siempre antigua beldad y siempre nueva!
¡Hoy el alma se sacia de tu hartura
y cada vez de Ti más hambre lleva!».

Al Padre soberano, al Unigénito
y al que procede de Ambos juntamente,
al Dios Uno, la gloria y la alabanza
tributadas le sean eternamente. Amén. 


Para la solemnidad de san Agustín, "nuestro padre y doctor de la Iglesia":


(I Vísperas: como en las Vísperas de los Servitas. Cf. infra).

Oficio de lecturas

¡Intérprete de Dios y de los hombres,
Agustín inmortal! A ti acudimos
los que por este mundo navegamos
como tú navegaste, en encendida
busca de la verdad, y del supremo 
Bien del amor. 
Sé tú la guía y el piloto seguro, 
que nos marca el rumbo y el destino 
hacia la Patria.

Habla de nuevo de la eterna dicha
y del descanso eterno a los que aspiran
remontar los caminos de la vida,
para encontrar por siempre el deseado
reposo de la dicha en el Señor.

Ilumina, Agustín, nuestros caminos
y alienta nuestra fe con tu palabra
germinadora y llena, que nos habla
del gozo de entender y del misterio
luminoso de amar a Dios sin fin.

Bendito sea el Padre, y adorado
sea el Hijo por siempre, y el Espíritu,
porque amorosamente se nos muestran
en el amor y el verbo de Agustín. Amén.

Padre y maestro, fundador glorioso,
verbo de Cristo y de la Madre Iglesia,
doctor y guía de seguridades,
y de las almas luz.

En coro, unidos, te invocamos fieles,
para que enciendas con la fe el amor,
para que a todos tu palabra lleve
la luz del Evangelio.

Monjes y ascetas, vírgenes y santos
de ti supieron el vivir de Cristo,
y los secretos de la Vida eterna
de ti aprendieron.

La Iglesia santa con ardor te aclama
doctor egregio de la caridad,
columna de la fe, sol de la gracia,
prodigio de humildad.

Gloria a Dios Padre, y gloria sea dada
al Hijo, al Unigénito humanado,
y al Espíritu Santo, que por siempre
las almas ilumina. Amén.


II Vísperas

HIMNO


Vuelve a luchar por Cristo,
oh, inmortal triunfador,
y enciende en los que te aman
tu amor de serafín.

¡Oh, luz, brilla en las almas!
¡Oh, amor, salva el amor!
Vive siempre en tus hijos
oh, gran Padre Agustín.

Cual símbolo de tu vida
y enseña de las victorias,
ardiendo en llamas de amores
levantas tu corazón,
como ofreciendo a los cielos
la bandera de tus glorias
y guiando a los que avanzan
por las cumbres de Sión.

Danos ver, sol de los siglos,
el resplandor de tu luz,
y ardan en nuestros amores
tus ansias de amor sin fin.

¡Oh, triunfador, te saludan
los que luchan por la Cruz!
¡Muestra al mundo que en tus hijos
vive el alma de Agustín. Amén. 
 

Orden de los Servitas
Para la fiesta de san Agustín, "Legislador de la Orden":

Oficio de lectura

HIMNO

Padre y maestro, fundador glorioso,
verbo de Cristo y de la Madre
Iglesia, doctor y guía de seguridades,
y de las almas luz.

En coro, unidos, te invocamos fieles,
para que enciendas con la fe el amor,
para que a todos tu palabra lleve
la luz del Evangelio.

Monjes y ascetas, vírgenes y santos,
de ti supieron el vivir de Cristo,
y los secretos de la vida eterna
de ti aprendieron.

La Iglesia santa con ardor te aclama
doctor egregio de la caridad,
columna de la fe, sol de la gracia,
prodigio de humildad.

Gloria a Dios Padre, y gloria sea dada
al Hijo, al Unigénito humanado,
y al Espíritu Santo, que por siempre
las almas ilumina. Amén.


(Laudes: Del Común de Pastores).


Vísperas

HIMNO

Gran Padre san Agustín,
oye nuestro suplicar:
que vivamos siempre unidos
a Dios, cuida con afán,
dirigiendo tu rebaño,
¡oh, Pontífice ejemplar!

Por tu amor a la pobreza
te da el pobre su cantar;
el juez recto te proclama
defensor de la Verdad,
mientras de las Escrituras
nos repartes el panal.

Aclarando cuanto había
en ellas de obscuridad,
del Salvador las palabras
nos das en sabroso pan;
y en bebida saludable
de los salmos el caudal.

Santa Regla tú escribiste
de vida en comunidad:
quienes la aman y la siguen
por camino recto van
y con esta santa guía
a la Patria han de llegar.

Rey de reyes, a Ti vida
y el poder universal:
sea por siempre honor y gloria
a la Santa Trinidad,
que nos haga ciudadanos
de la Patria celestial. Amén.


24 de abril de 2017, para los agustinos, fiesta de la Conversión de san Agustín, obispo y doctor de la Iglesia. Entrada dedicada a él en el día del 1630° aniversario de su bautismo, que le fue administrado por san Ambrosio en la Vigilia Pascual de 387, "Madre de todas las vigilias", como la llamaba el mismo Agustín.
Memoria litúrgica de san Fidel de Sigmaringen, presbítero y mártir.
XII aniversario de la Solemne Inauguración del Ministerio petrino de Su Santidad Benedicto XVI.


 
 




domingo, 23 de abril de 2017

Absolución general sacramental


Sacramento de la Reconciliación



Texto oficial: negro.
Remarcado del blog en el texto oficial: negrita.
Comentarios del blog: azul.

La Congregación para la Doctrina de la Fe, hace más de cuatro décadas, emanó el siguiente Documento sobre este tema tan delicado. El texto cuenta con la aprobación del hoy beato Pontífice Pablo VI. Por su parte, el hoy santo Pontífice Juan Pablo II, en años posteriores, esclareció muchos puntos sobre el particular, en la Exhortación Apostólica Postsinodal Reconciliatio et Paenitentia, del 2 de diciembre de 1984, y más especialemnte en la Carta apostólica en forma de "Motu proprio" Misericordias Dei, del 7 de abril de 2002.

NORMAS PASTORALES SOBRE LA ABSOLUCIÓN GENERAL SACRAMENTAL

Cristo nuestro Señor instituyó el sacramento de la Penitencia para que los fieles pecadores obtuviesen de la Misericordia de Dios el perdón de las ofensas hechas a Él y al mismo tiempo se reconciliaran con la Iglesia (cf. Lumen gentium, 11). Hizo esto al comunicar a los apóstoles y a sus legítimos sucesores la potestad de perdonar y retener los pecados (cf. Jn 20, 22ss).

El Concilio de Trento declaró solemnemente que para la remisión íntegra y perfecta de los pecados se requieren tres actos en el penitente como partes del sacramento: la contrición, la confesión y la satisfacción; declaró asimismo que la absolución dada por el sacerdote es un acto de orden judicial, y que por derecho divino es necesario confesar al sacerdote todos y cada uno de los pecados mortales, y las circunstancias que cambian su especie, que se recuerden después de un diligente examen de conciencia (cf. Ses. XIV, Cánones sobre el sacramento de la Penitencia, 4, 6-9: DS 1704; 1706-1709).

Planteo del problema que motiva el siguiente Documento:

Ahora bien, muchos Ordinarios del lugar están preocupados, por una parte, por la dificultad que encuentran sus fieles para acercarse a la confesión individual debido a la escasez de sacerdotes en algunas regiones, y, por otra, por la propagación de algunas teorías erróneas sobre la doctrina del sacramento de la Penitencia y la práctica abusiva de dar la absolución sacramental simultáneamente a muchos que sólo han confesado sus pecados genéricamente. Por esto, se han dirigido a la Santa Sede pidiendo que, según la verdadera naturaleza del sacramento de la Penitencia, se recuerden al pueblo cristiano las condiciones necesarias para el recto uso de este sacramento y que se den algunas normas al respecto en las actuales circunstancias.

Esta Sagrada Congregación, después de una seria reflexión sobre tales cuestiones, y teniendo en cuenta la instrucción de la Sagrada Penitenciaría Apostólica, del 25 de marzo de 1944, declara cuanto sigue:

I

Se ha de mantener con firmeza y se ha de continuar poniendo fielmente en práctica la doctrina del Concilio de Trento. Por ello, se ha de reprobar la práctica surgida recientemente aquí y allá, según la cual se pretende satisfacer el deber de confesar sacramentalmente los pecados mortales para obtener la absolución mediante la sola confesión genérica, o, como dicen, celebrada comunitariamente. Además del precepto divino declarado en el Concilio de Trento, esto lo exige el mayor bien de las almas, que, según puede comprobarse por experiencia secular, se consigue con la confesión individual rectamente hecha y administrada. La confesión individual e íntegra seguida de la absolución es el único modo ordinario mediante el cual los fieles pueden reconciliarse con Dios y con la Iglesia, a no ser que una imposibilidad física o moral los dispense de tal confesión.

II

Puede suceder, de hecho, que alguna vez, en circunstancias particulares, sea lícito e incluso necesario dar la absolución de modo colectivo a muchos penitentes, sin previa confesión individual.

Puede ocurrir esto sobre todo cuando se presenta peligro inminente de muerte y no hay tiempo para que el sacerdote o sacerdotes, aunque estén presentes, puedan oír en confesión a cada uno de los penitentes. En ese caso, cualquier sacerdote tiene la facultad de dar la absolución de manera general a muchas personas, haciendo antes, si hay tiempo, una brevísima exhortación para que cada uno procure hacer un acto de contrición.

Como puede advertirse, el "peligro de muerte" se menciona en primer lugar y no a secas; se añade el factor "carencia de tiempo", y, eventualmente, la posibilidad de realizar un previo "acto de contrición".

III

Además de los casos de peligro de muerte, es lícito dar la absolución sacramental simultáneamente a muchos fieles que han confesado sólo de modo genérico, pero convenientemente exhortados al arrepentimiento, cuando haya grave necesidad; es decir, cuando, visto el número de penitentes, no hay a disposición suficientes confesores para escuchar convenientemente la confesión de cada uno en un tiempo razonable, y, por consiguiente, los penitentes se verían obligados, sin culpa suya, a quedar privados por largo tiempo de la gracia sacramental o de la sagrada Comunión. Esto puede ocurrir sobre todo en territorios de misión, pero también en otros lugares y entre grupos de personas donde resulte clara una tal necesidad.

A la escasez de sacerdotes para oír las confesiones de un gran número de penitentes, ha de sumarse la eventualidad de que por mucho tiempo estos últimos efectivamente vayan a estar privados de la recepción del sacramento del Perdón.

Sin embargo, esto no es lícito cuando haya confesores a disposición, por el solo motivo de una gran concurrencia de penitentes, como puede ocurrir, por ejemplo, en ocasión de una gran fiesta o peregrinación (cf. Prop. 59 de las condenadas por Inocencio XI el 2-3-1679: DS 2159).

IV

Los Ordinarios del lugar y también los sacerdotes, en lo que a ellos atañe, están obligados en conciencia a procurar que no sea insuficiente el número de confesores por el hecho de que algunos sacerdotes descuiden este noble ministerio (cf. Presbyterorum Ordinis 5. 13; Christus Dominus 30), dedicándose a asuntos temporales o a otros ministerios menos necesarios, sobre todo si éstos pueden ser ejercidos por diáconos o fieles laicos.

V

Queda reservado al Ordinario del lugar, después de haber intercambiado su parecer con otros miembros de la Conferencia Episcopal, juzgar si se dan las condiciones señaladas en el número III y, por tanto, decidir cuándo se puede dar una absolución sacramental colectiva.

Además de los casos determinados por el Ordinario del lugar, si se presenta otra necesidad grave de dar la absolución sacramental simultáneamente a muchos, el sacerdote está obligado a recurrir previamente al Ordinario del lugar, siempre que le sea posible, para poder dar lícitamente la absolución; en caso contrario, deberá informar cuanto antes al mismo Ordinario sobre tal necesidad y sobre la absolución dada. De lo que se deduce que el sacerdote, por sí solo, no está autorizado para decidir sin más sobre el particular. Antes, o en ssu defecto, después, ha de informarle a su obispo.

VI

Por lo que se refiere a los fieles, para que puedan beneficiarse de la absolución sacramental dada colectivamente, se requiere absolutamente que estén bien dispuestos, es decir, que cada uno esté arrepentido de sus pecados, tenga propósito de enmienda, esté decidido a reparar los escándalos o daños eventualmente causados, y a la vez se proponga hacer a su tiempo la confesión de todos y cada uno de los pecados graves que por el momento no ha podido confesar de esa manera. Los sacerdotes deberán instruir diligentemente a los fieles sobre estas disposiciones y condiciones, necesarias para la validez del sacramento. Es decir, no se trata de que la posible absolución general se reduzca a ella misma. Hay condiciones que deben precederla y sucederla para que sea aplicada según las disposiciones de la Iglesia. Respecto de las condiciones que la preceden no se requiere mayor explicación, por el hecho de que son los mismos requeridos para la Confesión con absolución individual. En lo atinente a las condiciones posteriores al acto de la eventual absolución general, hay que destacar que, si bien reconcilia al penitente con Dios, obliga al fiel a realizar, apenas le sea posible, la confesión individual de sus pecados, que es, como se dice más arriba, la única forma ordinaria de obtener el perdón de los pecados graves.

VII

Aquellos a quienes han sido perdonados los pecados con una absolución general han de hacer una confesión individual antes de recibir una nueva absolución general, a no ser que estén impedidos por una causa justa. (Con lo que la Iglesia pretende evitar la sucesión indiscriminada de absoluciones generales, que sería sospechada de ilicitud porque la gravedad de la situación que se requiere para celebrar una, difícilmente se repita en lapsos cortos). De todos modos, están obligados absolutamente a acudir dentro de un año a un confesor, a no ser que estén impedidos por imposibilidad moral. Sigue vigente también para ellos el precepto por el que todo cristiano está obligado a confesar privadamente a un sacerdote, al menos una vez al año, los propios pecados, se entiende los pecados graves, que no haya confesado todavía singularmente (cf. Concilio Lateranense IV, cap. 21, con el Concilio de Trento, Doctrina sobre el Sacramento de la penitencia, cap. 5 Sobre la confesión y can. 7-8: DS 812; 1679-1683 y 1707-1708; cf. también la Prop. 11 de las condenadas por la Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio en el Decr. del 24 de septiembre de 1665: DS 2031). De modo que la práctica de la absolución general no puede convertirse en un acto rutinario porque es absolutamente excepcional.

VIII

Los sacerdotes instruyan a los fieles que no está permitido a quienes tienen conciencia de estar en pecado mortal y tienen a disposición algún confesor eludir intencionalmente o por negligencia el cumplir la obligación de la confesión individual, esperando una ocasión en que se dé a muchos la absolución colectiva (cf. Instrucción de la Sagrada Penitenciaría Apostólica del 25 de marzo de 1944).

IX

Para que los fieles puedan satisfacer fácilmente la obligación de la confesión individual, procúrese que haya en las iglesias confesores disponibles en días y horas determinadas, teniendo en cuenta la comodidad de los fieles. He aquí una exhortación a los sacerdotes con el fin de que no releguen la celebración de las confesiones individuales en favor de otras actividades pastorales, por laudables que estas fueran. La principal obligación de la Iglesia es la santificación y consiguiente salvación de las almas con los medios que Jesucristo ha instituido para ello: los sacramentos.

En los lugares lejanos o de difícil acceso, donde el sacerdote puede ir pocas veces al año, dispónganse las cosas de manera que el sacerdote, en cuanto sea posible, oiga cada vez las confesiones sacramentales de algunos penitentes, dando a los demás penitentes, si se cumplen las condiciones indicadas en el número II, la absolución sacramental colectiva; de tal modo, sin embargo, que todos los fieles, si es posible, puedan hacer la confesión individual al menos una vez al año.

X

Se debe inculcar claramente a los fíeles que las celebraciones litúrgicas y los ritos penitenciales comunitarios son de gran utilidad para prepararse más fructuosamente a la confesión de los pecados y para la enmienda de vida. Téngase cuidado, sin embargo, de que tales celebraciones y ritos no se confundan con la confesión y la absolución sacramental.

Si durante estas celebraciones los penitentes han hecho la confesión individual, cada uno reciba individualmente la absolución del confesor que ha escuchado su confesión. En caso de absolución sacramental dada simultáneamente a muchos, ésta deberá ser siempre impartida según el rito peculiar determinado por la Sagrada Congregación para el Culto Divino. Entre tanto, hasta la promulgación de este nuevo rito, se usará en plural la fórmula de la absolución sacramental actualmente prescrita. La celebración de este rito debe distinguirse claramente de la celebración de la Misa.

XI

Quien sea motivo actual de escándalo para los fieles, si está sinceramente arrepentido y tiene propósito serio de hacer desaparecer el escándalo, puede recibir la absolución sacramental colectiva con los demás; sin embargo, no se acerque a recibir la Sagrada Comunión mientras no haya hecho desaparecer el escándalo, a juicio de un confesor, al que debe acudir antes personalmente. Entiéndase bien la expresión "a juicio del confesor". No quiere decir que el confesor esté "autorizado" para permitir la Comunión a quien se obstine  en el pecado permanente de escándalo, sino que, habiéndole el pecador puesto fin a su pecado, el confesor determinará si el "penitente" debe seguir determinado itinerario penitencial previo a la Comunión eucarística. Ningún sacerdote -ni obispo- tiene autoridad para permitir que comulgue sacramentalmente quien se halle en un estado público, objetivo y permanente de pecado grave que cause escándalo a los fieles. Y si no lo causare, tampoco tienen esa autoridad. Por ejemplo, dos personas que están conviviendo maritalmente sin estar unidas por el sacramento del matrimonio, no pueden ser autorizadas a comulgar por nadie.

En cuanto a la absolución de las censuras reservadas, se han de observar las normas del derecho vigente, computando el tiempo para el recurso a partir de la próxima confesión individual.

XII

Por lo que se refiere a la práctica de la confesión frecuente o de «devoción», (se entiende, con las debidas disposiciones), los sacerdotes no disuadan de ella a los fieles. Antes al contrario, elogien los frutos abundantes que aporta a la vida cristiana (cf. Mystici Corporis: AAS 35 [1943] 235) y muéstrense siempre dispuestos a oír en confesión cuando lo pidan razonablemente los fieles. Se ha de evitar absolutamente el que la confesión individual quede limitada a los pecados graves solamente, lo cual privaría a los fieles del gran fruto de la confesión y perjudicaría la buena fama de los que se acercan individualmente al sacramento. No es que haya obligación de confesar los pecados veniales como si fuera este el único modo ordinario de que sean perdonados, sino que es demasiado espiritualmente beneficioso hacerlo. Un sacerdote que erróneamente expresara que solo atenderá en confesión a los fieles que no estén en gracia de Dios -es decir, que hayan cometido pecados graves- estaría exponiendo imprudentemente ante la comunidad el estado espiritual de esos penitentes.

XIII

Las absoluciones sacramentales dadas colectivamente sin observar las normas precedentes han de considerarse abusos graves. Todos los pastores han de evitar cuidadosamente estos abusos, conscientes de su propia responsabilidad ante el bien de las almas y de la dignidad del sacramento de la Penitencia.

El Sumo Pontífice Pablo VI, en la Audiencia concedida al infrascrito Cardenal Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, el 16 de junio de 1972, aprobó de manera especial estas normas y mandó promulgarlas.


Roma, en la Sede de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, 16 de junio de 1972.


FRANJO Card. SEPER
Prefecto

PAUL PHILIPPE
Secretario


23 de abril de 2017, Domingo de la Divina Misericordia y Octava de Pascua.
Entrada dedicada a Jesús Misericordioso y a santa Faustina Kowalska.


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viernes, 21 de abril de 2017

San Anselmo, obispo y doctor de la Iglesia: himno litúrgico


 


La Orden de San Benito y su rama, la Orden Cisterciense, celebran cada 21 de abril a san Anselmo, obispo y doctor de la Iglesia, con el grado litúrgico de "memoria obligatoria" (es "facultativa" este mismo día en el Calendario universal), y le dedican el siguiente himno para laudes y vísperas:



Laudes y Vísperas

Llena de gozo, venerable doctor,
nuestra asamblea te aclama con himnos de alabanza
porque tú eres nuestra gloria, santo hermano.

Padre santo, al tomar el cargo abacial,
te consagras a la querida grey;
en tus blandas espaldas llevas a los débiles
y exhortas, con tu ejemplo, a los fervorosos.

El rey te ofrece la cátedra prelaticia:
¿Por qué temes la lucha? Se acercan los triunfos.
Generoso en el desierto, con tu luz iluminas
hasta los pueblos lejanos.

Tu fama de pastor llega hasta Roma:
el Sumo Pontífice te aprecia; la fe te reclama;
si los Padres callan, defiende la verdad.

Acuérdate de tu santa grey, y te pedimos,
intercede por ella ante la Trinidad, que todo
el mundo adora con eterna alabanza. Amén.



21 de abril de 2017, viernes de la Octava de Pascua.
908° aniversario de la muerte terrena de san Anselmo, obispo y doctor de la Iglesia. Entrada dedicada a él.